viernes, 26 de septiembre de 2014

Teseo y el Minotauro

El Rey Minos, de Creta, tenía varios hijos: Ariadna, Fedra, Glauco, Catreo, pero su predilecto era Androgeo, joven fuerte y vencedor en el gimnasio y la palestra.
Cuando en Atenas se organizaron los juegos en honor de Palas Atenea, se reunieron los mejores atletas griegos, y allí partió Androgeo, para medirse con los más fuertes paladines de la Hélade, con el beneplácito de Minos, quien esperaba a su hijo regresar con la corona del triunfo.

El joven príncipe logró vencer en todas las pruebas a sus rivales, los mejores campeones de la ciudad. Pero los atenienses, en lugar de victorearlo, hicieron recaer su furia sobre él, por haber derrotado a sus luchadores, y esa misma noche le dieron muerte.

Al recibir la noticia el Rey Minos, sintió un inmenso dolor, pero inmediatamente se despertó en él un irrefrenable deseo de venganza, y marchó con un numeroso ejército a sitiar a Atenas, que se vio rápidamente asolada por el hambre y las enfermedades, hasta que logró que se rindieran incondicionalmente, e impuso condiciones y penas terribles, que Egeo tuvo que aceptar.

Entre sus condiciones, estableció que durante nueve años, los atenienses debían enviar a la isla de Creta a siete robustos jóvenes y a siete doncellas, provenientes de las mejores familias nobles de la ciudad, quienes serían las víctimas que se ofrecerían para ser devorados por el Minotauro.

El Minotauro era un monstruo con cabeza de toro y cuerpo de hombre. Era hijo de Pasifae, la reina de Creta y de un toro que el dios Poseidón había enviado al rey Minos. Cuando Minos se negó a sacrificar el animal, Poseidón hizo que Pasifae se enamorara de él y engendrara un ser medio hombre, medio bestia: el Minotauro.
Minos ordenó al arquitecto Dédalo que construyera un laberinto tan difícil que fuera imposible salir de él sin ayuda. Allí fue encerrado el Minotauro. El hijo de la reina permaneció oculto en el laberinto, siendo alimentado con las jóvenes víctimas humanas que Minos pedía como ofrenda de Atenas.

Teseo era hijo de Egeo, rey de Atenas, y de Etra.

Teseo, decidió ofrecerse como tributo anual a pesar de que su padre le insistía en no hacerlo, para lograr terminar con la bestia. Al final logró convencerle, afirmándole que si tenía éxito y conseguía volver, pondría velas blancas  en su barco, y si había fracasado, las velas serían negras.

Al llegar a Creta, el propio rey Minos los examinó para confirmar que  servían como sacrificios humanos. Teseo, al encontrarse en la corte, conoció a la hija de éste, Ariadna, de quien se enamoró perdidamente. Ella se enteró del objetivo que tenía Teseo y, habiéndose enamorado también de él, decidió ayudarle, ya que a pesar de que lograse matar al Minotauro, salir del laberinto era tarea imposible. Por ello, le entregó un ovillo de hilo de oro y un puñal, también de oro.

Cuando entró en el laberinto, Teseo fue desenrollando el ovillo para después encontrar la salida. Cuando por fin encontró al Minotauro, lo primero que hizo fue dar rodeos para tratar de agotar a la bestia. Cuando al fin estaba agotado, se enfrentó a él  hasta que expiró. Después fue siguiendo el hilo que le había dado su amada para encontrar la salida.

Tras la victoria, Teseo se reunió con los jóvenes que le habían acompañado y con Ariadna. Juntos, no tardaron en embarcarse y poner rumbo a Atenas. Durante el trayecto, tuvo lugar una gran tormenta que les hizo detenerse en la isla de Naxos. Ariadna, que se encontraba indispuesta, bajó del barco. Unas leyendas dicen que Teseo la abandonó, otras que se olvidaron de que había bajado, y otras que el barco se alejó debido a las condiciones climáticas. Lo cierto es que el barco partió dejando a Ariadna en la isla y separando por tanto a los jóvenes.

Teseo, debido a la euforia del triunfo, se olvidó de cambiar las velas negras por las blancas. Egeo, viendo las velas negras que significaban que su hijo había fracasado, creyó que su hijo había muerto. No pudo soportarlo y se arrojó al mar.

Teseo decidió llamar al mar Egeo, como su padre, una vez subió al trono. Gracias a su nombramiento como rey, logró unir a los pueblos formando el estado ateniense.

http://mitologiagriegainfo.blogspot.com.ar/2010/08/teseo-y-el-minotauro.html
http://redhistoria.com/mitologia-griega-teseo-y-el-minotauro/#.VCWl7Gd5OgQ


El Peñón de los Baños - México

En los códices prehispánicos y mapas virreinales de la cuenca de México, siempre aparece un cerrito elevado, situado hacia el oriente, a corta distancia de México-Tenochtitlán. En siglos pasados el agua lo separaba de la urbe y ahora es parte de ella. Es el Peñón de los Baños, que recibe ese nombre porque desde hace siglos de sus entrañas brotan aguas termales ricas en minerales como bicarbonato, magnesio, calcio, potasio y litio, entre muchos otros. A ello se añaden los 46 grados de temperatura con los que emana de las profundidades de la tierra, en donde seguramente algún volcán subterráneo le otorga todas esas propiedades.
Resulta fascinante pensar que en este lugar tomaron baños los emperadores aztecas y texcocanos. En esa época el cerro recibía el nombre de Tepetzinco y aún se le representa con su glifo toponímico, que muestra el cerrito con dos piernas en actitud de correr.
A lo largo de su historia distintas construcciones han albergado el manantial, algunas lujosas y otras de gran modestia. En el apogeo mexica tenía suntuosas edificaciones y después de la conquista el templo azteca fue sustituido por uno cristiano y las instalaciones fueron viniendo a menos, aunque nunca dejaron de funcionar. En el siglo XVIII les dieron una arreglada y se construyó una bellísima capilla barroca, que todavía existe, urgida de una buena restauración.
Durante el porfiriato los baños vivieron una época de oro, en gran medida porque, entre otros, el respetado doctor Liceaga avaló científicamente las bondades terapéuticas del manantial, recomendando inclusive que se bebieran sus aguas. Esto llevó al suegro de Porfirio Díaz, don Manuel Romero Rubio, a adquirirlos y construir lujosas instalaciones. En un predio anexo estableció una planta embotelladora para comercializar el líquido. La mejor guía de la ciudad de esos años dice: “El servicio de este establecimiento, que tiene un amplio y lujoso hotel, con restaurante anexo, con capilla, boliche, sala de bailes, etc., es muy esmerado”.
Durante el siglo XX en la zona se desarrollaron colonias populares y poco a poco las edificaciones de los baños fueron decayendo, la planta embotelladora y las lujosas construcciones fueron demolidas. Actualmente se conservan unas modestas instalaciones rodeadas de edificios de departamentos. En el centro, en una isla jardinada, se encuentra la hermosa capilla y a un costado los cuartos de baño, individuales o de pareja, limpísimos, con un excelente servicio y la posibilidad de darse un buen masaje después del sabroso remojón. Sale auténticamente fortalecido si está sano, y mejorado de sus dolencias, si es el caso: asma, reumatismo, artritis, ciática, lumbago, bronquitis, estrés y previene la osteoporosis.
Su director don Jorge Espinosa, culto maestro retirado, quien con un pequeño grupo mantiene con esfuerzo vivos los baños, le puede enseñar la capilla y contarle la historia del lugar, que se encuentra a unos pasos del aeropuerto, en la calle de Quetzalcóatl y Circuito Interior. Desde el circuito se puede ver la primorosa cúpula de la capilla.
Los baños funcionan los 365 días del año, de 6 a 20 horas, y si tiene dudas de cómo llegar, el teléfono es 5571-2870.
La marquesa Calderón de la Barca, a raíz de una visita, escribió en 1841: “Fuimos a pasear al Peñón (...) donde hay unos baños que se consideran un remedio universal (...) No dejamos de pensar que fortuna podría hacer con estos baños un yanqui emprendedor si fuera su dueño, edificara aquí un hotel (…) y embelleciera este rústico templo de agua caliente”. Igual nos preguntamos como no hay un mexicano emprendedor que vea su potencial y garantice su supervivencia. En las largas esperas que tienen que sufrir muchos viajeros en el aeropuerto, una magnífica opción sería cruzarse a los baños, en donde se relajarían entre vuelo y vuelo con las reconfortantes aguas, en estos que seguramente son los baños termales más antiguos de América.



                                                                    Peñon de los baños


Bobby McFerrin - Don't Worry Be Happy

Aquí traigo una pequeña canción que escribí.
Puede que quieras cantarla nota por nota.
No te preocupes, sé feliz.
En todas las vidas, tenemos dificultades.
Cuando nos preocupamos,
hacemos que se multipliquen.

No te preocupes, sé feliz…
No te preocupes, sé feliz ahora.
No te preocupes, sé feliz.
No te preocupes, sé feliz.
No te preocupes, sé feliz.
No te preocupes, sé feliz.

No tienes donde reposar tu cabeza.
Alguien llegó y se llevó tu cama.
No te preocupes, sé feliz.
El casero dice que te has retrasado en el pago.
Te denunciará.
No te preocupes, sé feliz.
Mírame, soy feliz.
No te preocupes, sé feliz.
Te daré mi número de teléfono.
Cuando estés preocupado, llámame.
Yo te haré feliz. No te preocupes, sé feliz.

No tienes dinero, no tienes estilo.
No tienes chica que te haga sonreir.
No te preocupes, sé feliz.
Porque cuando estás preocupado, frunces el ceño
y ello hará que todo el mundo se deprima.

Así que no te preocupes, sé feliz.
No te preocupes, no te preocupes, no lo hagas.
Sé feliz. Pon una sonrisa en tu cara.
No deprimas a la gente.
No te preocupes, pronto pasará, sea lo que sea.
No te preocupes, sé feliz.

Yo no estoy preocupado, soy feliz.


Arturo Benavides

Arturo Benavides nació en Monterrey, Nuevo Leon, Mexico en 1936. Comenzó su carrera como locutor y luego se hizo famoso en las radionovelas de los 50s y 60s. Arturo tuvo gran éxito en su papel en la serie de radio que luego pasó a televisión, "Chucho el Roto". También actuó en las cuatro películas de "Chucho el Roto" realizadas por Alfredo Zacarías, la primera de ellas en 1969.

La larga lista de sus participaciones como actor en televisión y cine pasa de las cincuenta.

Actuó - en la serie "Mujer, casos de la vida real" - meses antes de su muerte ocurrida el 25 de Febrero de 1997 en la Ciudad de México por un eficema pulmonar.
En el cine sus últimas apariciones fueron: La Última fuga,(1991); Policía rural (1990); Las Doce tumbas (1990); Con el fuego en la sangre (1990); Muerte bajo la piel (1990) e Inesperada venganza (1990).

Grabó un disco de poemas declamados por él, entre los cuales se encuentra la "Oración del Padre" del General Douglas Mc Arthur, "No claudiques" de Kipling y "Desiderata" de Max Ehrmann.


Sinfonía nº 10 de Gustav Mahler

1907, el año más negro de un compositor
El último año de vida de Gustav Mahler, aquel en el que alcanzaría in extremis el hasta entonces negado reconocimiento como creador, estuvo cargado de intensas emociones que repercutieron de forma nefasta en su ya deteriorada salud. Los primeros síntomas de este deterioro habían sido descubiertos de forma casual, poco después de la muerte de su hija María, en 1907, sin duda, su año más negro. Poco antes de este desgraciado acontecimiento, había empezado a tener serios enfrentamientos con la Ópera de Viena, al frente de la cual llevaba casi una década, que concluyeron con su dimisión, el 17 de marzo de 1907, pero con el compromiso de permanecer en su puesto hasta que el contrato expirase, a principios de diciembre.
No tardó en ser contratado por el Metropolitan de Nueva York, pero la alegría se vio empañada ese verano al fallecer de escarlatina la pequeña María. La sombra de la muerte, a la que había invocado no mucho antes en los Kindertotenlieder (Canciones de los niños muertos) , se abatía ahora sobre él, iniciando una vertiginosa cuenta atrás. Dos días después de la tragedia, Mahler fue reconocido médicamente, detectándosele una dolencia cardíaca.
Un análisis posterior en Viena reveló una enfermedad bacteriana: la endocarditis subaguda. A partir de entonces le prohibieron dar sus largos paseos y la natación, a la que era muy aficionado.
También le prescribieron un modo de andar menos nervioso y agitado. Una última desilusión cerraría este año, cuando en su último concierto bajo contrato en Viena, el 9 de diciembre, la sala, que siempre había estado llena para verle dirigir, permaneció casi vacía, evidenciándose una vez más el desprecio de los vieneses hacia él.
Últimas obras
Aunque 1908 comenzó con un aplaudisímo Tristán e Isolda , el 1 de enero en el Metropolitan de Nueva York, la angustia no dejaría ya a Mahler. La muerte de su hija y su propia enfermedad le hacen intuir que su fin puede estar cerca. El cambio de actitud es tan notable que el otrora exigente y tirano director de orquesta admite sin problemas los cortes tradicionales en las óperas, a fin de que al público no se le hagan largas, y permite que cantantes sin apenas reputación suban a las tablas.
Cuando en la temporada siguiente el relevo en la dirección del Metropolitan traiga a Arturo Toscanini a Nueva York, Mahler no será ya capaz de responder a la evidente rivalidad que el italiano le planteará en todo momento. Durante las vacaciones de verano Alma, él y la hija pequeña de ambos, Anna, se instalaron en una casita campestre en Toblach, al sur del Tirol. Era el momento de abordar una novena sinfonía, ya que la octava , aún inédita, había sido escrita en
1906. Aterrado ante la idea de fallecer si la compone (al igual que les sucediera a Beethoven, Schubert, Bruckner y Dvorak), el compositor decide no llamar “sinfonía” a ese híbrido entre lied y composición orquestal, que resulta ser
La canción de la tierra , inspirada por unos poemas chinos. Poco después se pondría a trabajar en lo que oficialmente sería la Sinfonía Nº 9 , a la que tampoco quiso poner número. La prevención sería inútil, ya que, al igual que el genio de Bonn, sucumbiría con la Décima ya empezada.
Quizás el miedo a morir sin acabar la Novena le hizo escribirla de tal forma que resultaba ilegible y tuvo que volver a copiarla. Al igual que con La canción de la tierra , nunca llegaría a verla estrenada, y ni siquiera tuvo tiempo de someterlas a una revisión, procedimiento obsesivo en él desde que cometiera un fallo en la orquestación de la Quinta .
Tras sus vacaciones, Mahler pudo estrenar en Praga, tras tres años teniéndola guardada en un cajón, la Sinfonía Nº 7 “La canción de la noche” , que, una vez más, desconcertó al público, pese al aplauso de Bruno Walter, Otto Klemperer y Alban Berg, allí presentes. Sin embargo, en esos últimos años se había ido produciendo un cambio y aquellas obras inicialmente repudiadas fueron hallando su lugar en lugares como Amsterdam, donde el devoto mahleriano Wilhelm Mengelberg difundía con tal entusiasmo las sinfonías, que la Cuarta llegó a ser bisada por completo en un concierto de la Orquesta del Concertgebouw.
Pero aún faltaba que una de sus composiciones alcanzase la gloria en la jornada de su estreno.
A la vuelta a Estados Unidos le fue ofrecida la titularidad de la Filarmónica de Nueva York, pero la ya citada irrupción de Toscanini, y el notorio desprecio de éste hacia él, le hizo apartarse del Metropolitan. Entonces, un comité de damas de la alta sociedad decidió formar una orquesta para ponerla a su disposición. Mahler aceptó hacerse cargo de la denominada Sinfónica de Nueva York, lo que le permitiría dar a conocer sus obras en territorio americano. Si bien era todo un regalo, no tardó en desanimarse al encontrar a la orquesta “sin talento y flemática”. Aún así, la temporada 1909-1910 se presentaba prometedora, con cuarenta y cinco conciertos previstos, por distintas ciudades del país.
"Que en mi tumba solo ponga Mahler; así­ los que quieran verme, sabrán que allá­ estoy yo" Al término de la misma volvió de nuevo a Europa, donde tenía una importante cita en París para dar a conocer allí su Sinfonía Nº 2 . En mitad de la obra Mahler pudo ver desde el podio cómo Debussy, Paul Dukas y Gabriel Pierné abandonaban la sala, indignados ante lo que consideraban una “música eslava con aire schubertiano”. Aún así, era muy predecible una reacción de este tipo por parte de Debussy, que consideraba a la sinfonía como un género inútil después de Beethoven. Mahler, en cambio, opinaba que la principal virtud del Peleas y Melisenda del impresionista era que su música no resultaba molesta.
La Décima , una sinfonía para una crisis
A su regreso a la casa de verano de Toblach se produjo una grave crisis en el matrimonio Mahler. Alma, quien había aceptado resignada orbitar durante una década en torno a Gustav, estaba harta de su egocentrismo y de detalles tales como que ella tuviera que llevar siempre los mismos vestidos, mientras él lucía los trajes más elegantes. Igualmente, no soportaba que todo el mundo se viera obligado a guardar silencio en la casa mientras él componía.
Gustav mandó entonces a Alma al balneario de Tobelbad a descansar, pero el problema se agravó entonces aún más, ya que allí ella trabaría conocimiento con el futuro padre de la Bauhaus, a la sazón, un joven arquitecto llamado Walter Gropius. La pasión surgió inevitablemente entre ambos y ella volvió a sentir de nuevo que era una mujer atractiva y fascinantemente seductora. Tras la aventura, Alma volvió a Toblach, pero no pudo evitar que Gropius le escribiera apasionadas cartas. Una de ellas fue abierta por Mahler que, desesperado, llamó a Gropius, conminando a Alma a elegir entre ambos. Ella confesó entonces que no pensaba abandonarle, pese a lo cual su contacto con el arquitecto continuaría y, tras la muerte de su marido, se casaría con él.
A resultas del asunto, Mahler se derrumbó y comenzó a llorar con facilidad, teniendo dificultades para conciliar el sueño. La crisis se solucionó visitando a Sigmund Freud en la ciudad holandesa de Leyden. Freud, que ya lo había tratado con éxito anteriormente, consiguió que viera las cosas con claridad, aunque según su propia confesión, tratar de dilucidar la naturaleza de aquella neurosis obsesiva era como “querer cruzar una galería única en una casa misteriosa”.
Sea como fuere, Mahler cambió de actitud y se tornó más atento y cariñoso con Alma. Por primera vez le dedicó una sinfonía, la Octava que estaba a punto de estrenar, y la animó a que volviese a componer, tras habérselo prohibido cuando se casaron. Fue en medio de ese contexto de querer recuperar lo perdido, en que se puso a trabajar en laSinfonía Nº 10 , proyectada como un testimonio de amor hacia su mujer. Esta nueva obra tendría cinco movimientos, al igual que “La canción de la noche” y comenzaría y finalizaría con un adagio.
Mahler tuvo tiempo de completar el gigantesco primer movimiento, que, una vez ejecutado, alcanzaría la friolera de casi media hora, pero apenas pudo esbozar el resto. No tenía tiempo; el día 12 de septiembre estaba previsto en Munich el estreno de su Sinfonía Nº 8 , concluida cuatro años antes. La preparación había requerido de la bestial cifra de treinta y dos ensayos, incluyendo un ensayo general de tres días de duración.
Bruno Walter se encargó de la complejísima coordinación de intérpretes, un total de 1.030, de los que 850 eran coristas. Con razón el editor la denominó Sinfonía de los mil .
La expectación suscitada por tan pantagruélico espectáculo reunió a 3.000 espectadores, entre los que estaban Richard Strauss,Thomas Mann o Arnold Schoenberg, y tras su conclusión, Mahler recibió una ovación de más de media hora, tanto de público como de ejecutantes. Fue la primera y única vez que se le aplaudió en el estreno de una de sus obras.
El último viaje de Gustav Mahler
El tiempo corría en su contra. A su regreso de Estados Unidos, Mahler debía cumplir con el compromiso de sesenta y cinco conciertos para la temporada 1910-1911, pero la Sinfónica le deprimía y sólo ansiaba centrarse en la composición, ahora que empezaba a ser un autor reconocido. Su desidia puso a la Sinfónica en su contra, llegando al extremo de traerse de Europa a un músico amigo para que, infiltrado en la Orquesta, le contase lo que decían de él. Al ser descubierto el espía, las benefactoras de Mahler lo despidieron, provocando la cólera de éste. En las navidades se le inflamaron las amígdalas, hecho que se repitió en febrero. Pese a su débil estado y, con mucha fiebre, tuvo que dirigir el estreno de Nana sobre la tumba de mi madre de Busoni. Durante el intermedio sufrió un desmayo, pese a lo cual volvió al podio en la segunda parte. Mahler está roto. Los médicos descubren una angina estreptocócica, con lo que concluyen que no hay nada que hacer.Tal vez haya una ligera esperanza si viaja a Europa. El viaje en barco resulta interminable. Una vez en Cherburgo, la familia se traslada a París donde el cambio de aires parece resultar beneficioso, pero tan sólo es un espejismo. Ingresado en una clínica de Neully, el bacteriólogo Chantemesse lo somete a un tratamiento de suero que resulta ser inútil.
Mahler comprendió entonces que era el fin y dispuso que su amigo, el compositor Arnold Schoenberg no quedase desamparado, a la vez que dio detalles sobre su tumba: quería ser enterrado junto a su hija María, y que en su lápida sólo pusiese “Mahler”. Así, los que quisieran verle, sabrían que él estaría allí.
Una última ironía se producirá en el traslado a Viena de Mahler, cuando al salir de Neully se cruce con el cortejo del presidente Fallières y la última música que escuche en vida sea una marcha militar, motivo tan recurrente en su obra. Internado en Viena, aún sobreviviría cinco días antes de iniciar su último viaje, el 18 de mayo de 1911. Sus últimas palabras fueron: “Mozart, Mozart”.
Un bellísimo adagio
Tras la muerte de Mahler, Alma entregó a Bruno Walter los manuscritos de la Sinfonía Nº 9 y La canción de la tierra para que los estrenase. No hizo lo mismo con los esbozos de la inacabada Décima , que Walter le aconsejaba destruir.
Tras muchas dudas, en 1924 Alma publicó el facsimil del adagio, único movimiento completado, y solicitó a su yerno, el músico Ernst Krenek, que estudiase si era viable terminar la sinfonía. Krenek, mal aconsejado, arregló el adagio y el tercer movimiento, con ayuda del falsificador de Bruckner, Franz Schalk, además de Otto Jokl y Alexander von Zemlinsky, algo de lo que se arrepentiría después. Más tarde, el editor Richard Specht animó a Alma a buscar a un compositor de la talla de Mahler para que lo intentase de nuevo, y durante varios años se trató de convencer a Shostakovich y a Arnold Schoenberg, que siempre se negaron a ello. Las primeras grabaciones del adagio datan de los años 50 y se basaron en la versión de Krenek y Jokl, pero este trabajo convencía a muy pocos. Es por ello que en 1960 la BBC pidió al musicólogo inglés Deryck Cooke que hiciera un estudio sobre ella. Cooke examinó entonces el facsímil manuscrito. La obra proyectada tenía que tener cinco movimientos: adagios el primer y quinto movimiento, scherzos el segundo y el cuarto y un breve allegreto central, denominado “Purgatorio o infierno”, según el manuscrito. Las páginas, además, estaban salpicadas de anotaciones viscerales de Mahler, reflejo de la crisis que le había inducido a escribir la obra; la mayor parte de ellas parecían ser intuiciones de la muerte, pero se centraban sobre todo en Alma, a la que no dejaba de llamar cariñosamente.
Por otra parte, el adagio superviviente es una página de gran belleza y llena de serenidad, en la que se advierte a un Mahler más visionario que nunca, que coquetea con la atonalidad y juega con los timbres, llegando a crear un sorprendente cluster. El cluster es un curioso efecto sonoro, resultante de hacer sonar a la vez un grupo de notas próximas entre sí y, en teoría, fue inventado por el compositor Henry Cowell, en 1912. Lo sorprendente de esta historia es que, al permanecer inédito el adagio hasta 1924, Cowell no pudo saber que Mahler ya se le había adelantado. Una particularidad de este único movimiento completo es que no suena en absoluto a Mahler, más bien recuerda al estilo de Richard Strauss (con algunos dejes “tristanescos”), e incluso su comienzo, con la entrada de las violas, guarda cierta familiaridad con Bela Bartok. Es por ello que algunos estudiosos califican a las reconstrucciones de Cooke y los otros como ineficaces, ya que en ellas los cuatro movimientos suenan excesivamente mahlerianos, cuando el primero no apuntaba esas maneras.Y es que todo indicaba que el compositor estaba cambiando de piel, sin darnos tiempo a vislumbrar su nuevo estadio creativo.
La reconstrucción de Cooke o el Mahler que hubiera podido ser
Cooke contaba con una guía imprescindible para su labor: el método de trabajo del compositor, en cuatro fases.
En la primera, Mahler esbozaba el plan general, en cuatro pentagramas, con una armonización general y una o dos voces principales y alguna que otra indicación orquestal; en la segunda, concretaba y desarrollaba las voces, armonizaba las partes y elaboraba el tejido contrapuntístico, especificando un poco más la disposición de los instrumentos; en la tercera redactaba la partitura completa, con su orquestación; y, finalmente, en la cuarta, tras la ejecución de la sinfonía, volvía a repasarlo todo, realizando pequeños arreglos, algo que no pudo llevar a cabo ni con laNovena , ni con la Canción de la tierra .
El segundo movimiento, un scherzo violentamente irónico, estaba en la segunda fase, con lo que su forma estaba perfectamente definida, aunque sin el genial barnizado orquestal y contrapuntístico del autor. Este movimiento dio mucho trabajo a Cooke en su primera versión, ya que ignoraba que existía un esbozo mucho más avanzado no publicado en el facsímil. Cuando logró la aprobación de la familia Mahler, Anna, la hija del músico, le haría entrega de éste, a fin de que pudiera reelaborarlo.
El tercer movimiento, “Purgatorio o infierno”, estaba en la tercera fase, esto es, en desarrollo completo de sus 28 primeros compases. Planteado como un brevísimo intermedio, parece inspirado por el lied Das irdische leben del propio Mahler. Las anotaciones manuscritas de los márgenes claman piedad e invocan “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?”, “Muerte”, para finalizar con un escueto “Hágase tu voluntad”. El scherzo que hubiese constituido el cuarto movimiento estaba en su primera fase, esbozado en cuatro pentagramas. Cooke tuvo que plantear un tejido contrapuntístico, una orquestación, armonización y concreción de las voces de cuño mahleriano. Un tema rápido enlaza con un vals, a cuyos márgenes Mahler anotó “El diablo baila conmigo. ¡Locura!¡Locura!¡Destrúyeme para que olvide que existo!”. Tras algunas alusiones a La canción de la tierra , un golpe seco de tambor antecede al final. Mahler se inspiró en el redoble de tambor de un cortejo fúnebre que vio desde la ventana de su hotel, en Nueva York, lo que le produjo, según Alma, una gran conmoción.
En su primera versión, Cooke tuvo que inventarse el movimiento final, pero gracias al material suministrado por Anna Mahler descubrió que estaba desarrollado en su primera fase. Siguiendo el proceso del segundo scherzo, Cooke reconstruyó las entrañas del movimiento, ateniéndose a la forma bosquejada. En este final, el sonido fúnebre y brutal del tambor antes citado alcanza unas cotas siniestras enormes, interrumpiendo hasta cinco veces la ascendente pasionalidad. Pero, finalmente, y tras alusiones deformadas al movimiento “Purgatorio”, el amor triunfará con serenidad, invocando con un final en fortísimo el nombre de la mujer a la que ama, “Almschi”, escrito con trazo amoroso al final del boceto.
La BBC grabó la reconstrucción de Cooke y la emitió por radio. Bruno Walter, ensimismado en su papel de apóstol de Mahler, corrió a advertir a Alma, convenciéndola de que prohibiese sucesivas ejecuciones de este trabajo, que ninguno de los dos había escuchado.
Alma procedió de esta manera, pero poco tiempo después la muerte de Walter dejó fuera de combate al principal obstáculo para convencerla de lo contrario. Harold Byrns la persuadió para que escuchase una grabación de la Décimacompleta y la anciana se conmovió hasta el llanto, al descubrir que en aquella música había mucho más Mahler del que había imaginado. Dio permiso a Cooke para que presentase su edición al mundo y al poco falleció.
En 1967, Anna Mahler entregó a Cooke los manuscritos inéditos que permitieron desarrollar el segundo movimiento y el final, y elaboró una segunda versión. Poco antes de morir, en 1975, aún dejó Cooke una tercera versión, mucho más sólida, que es la que hoy más se graba e interpreta.
No acaba ahí la historia de la Décima . Disconformes con Cooke, o acaso deseosos de dejar su nombre ligado al del gran compositor, otros musicólogos y compositores han presentado otras reconstrucciones. Es el caso de Joseph Wheeler y Clinton Carpenter, que se apresuraron a intentar remedar a Cooke, en 1966 (sin el valioso material sacado a la luz por Anna Mahler en 1967, claro está). Remo Mazzeti propuso una versión en 1989, que fue estrenada por Jesús López Cobos en 1999, y en 2001 el director Rudolf Barshai dio a conocer su propio arreglo, que ha despertado elogiosos comentarios, convirtiéndose en la reconstrucción más prestigiosa, tras la tercera versión de Cooke.



Stabat Mater, de Pergolesi




El Stabat Mater cuyos orígenes datan de entre el siglo XII y el XIV en la Italia central,  es un himno en el perfecto latín que era el lenguaje eclesiástico (y prácticamente, el único lenguaje culto) de la Edad Media, escrito para honrar la Fiesta de los Siete Dolores de la Virgen María, parte de la liturgia de la Pasión, tan importante durante toda la época. Tradicionalmente se cree que el autor del Stabat Mater fue el monje franciscano Jacopone da Todi, quien falleció en 1306, aunque esta suposición no deja de ser eso, una suposición. El caso es que, fuera quien fuera el autor, el texto tuvo buena aceptación y en pocos años se extendió por toda Italia y luego por toda la Cristiandad como una parte integral del ritual de la Pasión, incluso dentro de la liturgia oficial de la Iglesia, aunque se utilizaba fundamentalmente en los oficios privados de las comunidades religiosas y cofradías más que en las celebraciones con los fieles.
Y, claro, como una parte más de la liturgia que era, y teniendo en cuenta que a fines de la Edad Media prácticamente sólo podía encontrarse música escrita para las celebraciones litúrgicas, el Stabat Mater pronto tuvo su propio acompañamiento musical. Ya en el testamento del príncipe Felipe de Habsburgo, Archiduque de Holanda, fallecido en 1506, aparecían dos composiciones del Stabat Mater para varias voces, de Gaspar van de Werbeke una, y la otra de Josquin Desprez. Y durante los siglos siguientes muchos músicos han compuesto música para acompañar al texto. Y cuando digo muchos, es que sonmuchos, pues hoy en día conocemos ¡más de doscientas versiones musicales del Stabat Mater!,] muchas de ellas de grandes músicos como Vivaldi, Scarlatti, Haydn, Liszt, Dvorak, Verdi… y Pergolesi, claro.
De Giovanni Battista Pergolesi sabemos muy pocas cosas, es uno de los compositores de los que no sabemos bien cuáles de los hechos de su vida que nos han llegado son reales y cuáles son leyenda, de la misma forma que en su catálogo de obras hay más obras apócrifas que auténticas… De lo poco que sabemos con certeza es que Giovanni Battista Draghi nació el 4 de enero de 1710 en Iesi, ciudad en la provincia de Ancona, en Italia central y cerca del Adriático. Tras sus primeros estudios musicales, un noble de su ciudad natal, Cardolo Maria Pianetti, se interesó por él y le “enchufó” como alumno no de pago en elConservatorio dei poveri di Gesù Cristo, en Nápoles, a la sazón uno de los más importantes de Europa, si no el que más, para que realizara sus estudios, donde fue alumno de F. Durante. Delgado y de constitución débil, tenía frecuentes achaques y cólicos, pero terminó sus estudios hacia 1731, entrando a servir como músico-artesano, lo normal en la época, al servicio de dos familias nobles y adineradas, el Duque de Maddaloni y los Príncipes de Stigliano, aunque también ejerció como compositore scriturato, es decir, que recibía encargos de obras profanas o espirituales de diversos particulares, hermandades, etc. Por el camino, y por motivos que se desconocen, él mismo se cambió su apellido, Draghi, por el de “Pergolesi” por el que todos le conocen, o sea, “natural de Pergola”, localidad de la que era originaria su familia.
En el mismo 1731, gracias al apoyo de ambos mecenas, estrenó su primera “ópera seria”: “La Salustia”. Al año siguiente estrena una “ópera buffa” en dialecto napolitano: “Lo frate ‘nnamorato” (El hermano enamorado), con la que obtuvo un gran éxito. Compuso alguna obra más hasta que en 1733 estrena su ópera seria “Il prigioner superbo” (El prisionero orgulloso), con un intrincado y poco menos que inaccesible libreto sobre las tribulaciones de cierto jefe godo, o danés, o algo así, pero que tenía un entreacto cómico denominado “La serva padrona” (La criada patrona) que gracias a su genialidad pronto se comenzó a representar por separado con gran éxito en toda Europa… cambiando para siempre la forma de componer teatro musical.
Hacia mediados o fines de 1735, la noble Hermandad de los Cavalieri della Vergine de’dolori, los Caballeros de la Virgen de los Dolores,[3] una cofradía napolitana, encargó a nuestro buen Giovanni Battista la composición de un Stabat Mater para complementar o sustituir al que algunos años atrás habían encargado a otro magnífico compositor: Alessandro Scarlatti, fallecido diez años antes, en 1725, y que la hermandad utilizaba en los oficios inherentes al culto de la Virgen de los Dolores, los viernes de marzo o, en todo caso, antes de la Semana Santa (en la actualidad se conmemora el “Viernes de Dolores”, el viernes anterior al Domingo de Ramos que da comienzo a la Semana Santa).
Esta obra de Scarlatti era y sigue siendo magnífica, y me imagino que el encargo satisfaría mucho a nuestro joven Pergolesi, de sólo 25 años de edad, y le supondría un reto apasionante. Y extenuante. Cada vez más enfermo, Giovanni Battista se retiró al balneario de Pozzuoli, cerca del propio Nápoles, donde finalmente compuso su Stabat Mater… y pocos días después falleció, el 17 de marzo de 1736, con apenas 26 años de edad, parece ser que de tuberculosis, esa maldita enfermedad que tantos músicos (y no sólo músicos) ha matado en plena juventud. Recordad esto cuando escuchéis la obra, porque oyéndola… ¿quién diría que fue escrita por un músico agonizante…?
Pergolesi escribió su Stabat Mater para la misma plantilla instrumental que el de Scarlatti al que venía a complementar o sustituir, es decir, dos cantantes solistas (soprano y alto, lo que ahora diríamos “contralto”), cuerdas y bajo continuo. Durante todo el barroco, cuando se añadía música a un texto sagrado de un cierto tamaño (y el Stabat Mater lo es) se hacía con un formato inalterable: cuatro solistas para las cuatro voces (soprano, alto, tenor y bajo) y coros, y una estructura a base recitativos para expresar los textos sagrados y arias para expresar los pensamientos y sentimientos. Como sólo podía usar dos solistas, y el texto del Stabat Mater no es precisamente muy adecuado para su uso en arias, el pobre Scarlatti sufrió mucho en su día para componer su obra, alternando arias y duetos como se le ocurrió, sin poder apoyarse en bases conocidas. Pergolesi tuvo las mismas dificultades, claro está, pero al menos podía revisar cómo su predecesor había resuelto el problema, y la verdad es que mejoró bastante el resultado.
En definitiva, el Stabat Mater de Pergolesi está escrito para dos voces (soprano y alto), cuerda (violín I, violín II y viola) y bajo continuo formado, como siempre durante el barroco, por violonchelo, contrabajo y órgano. Pero, ojo, está escrito para voz de soprano y voz de alto, sí, pero… ¡cantadas por hombres! De hecho, la obra está escrita para dos castrati, el uno con voz más aguda, de soprano (aunque bien podía ser sustituido por un niño cantor) y el otro con voz de alto, lo que hoy diríamos de contratenor. No para voz de mujer. ¡De ninguna manera!
La Biblia dice en alguna parte algo así como que “las mujeres deben guardar silencio en el templo”, así que en las celebraciones litúrgicas no se permitían normalmente mujeres cantantes… y mucho menos a partir del decreto de Paulo IV, hacia 1555, que prohibía definitivamente y para siempre jamás la presencia de mujeres en el coro de las iglesias. Ahora bien, a pesar de ello y dijeran lo que dijeran las autoridades eclesiásticas, las voces humanas seguían siendo de las cuatro tesituras clásicas: Soprano, Alto, Tenor y Bajo, y los cantantes masculinos malamente podían llegar a dar las agudas notas de las voces de alto, y no digamos las de soprano. Dos soluciones se dieron: usar niños cantores, que antes de la pubertad y del cambio de voz sí pueden alcanzar esas tesituras (pero con el inconveniente de que sólo podían cantar unos pocos años: una vez que crecían, se volvían inservibles como sopranos o altos), o bien usar falsetistas, que pueden con el debido entrenamiento alcanzar notas mucho más agudas de su registro normal (pero con el inconveniente de que son normalmente voces más débiles y menos fiables que las equivalentes de una mujer, por ejemplo). Es decir, había un problema.
Así que a algún iluminado se le ocurrió que la solución perfecta era usar niños cantores… durante toda su vida… inhibiendo la pubertad… por el método más directo: ¡castrándoles! Bufff… ¡Serán bestias…! Una vez detectado un niño que tuviera dotes especiales para el canto, que gozara de una voz con la suficiente melodiosidad y del arte para utilizarla, se le extirpaban los testículos por la vía más dolorosa, convirtiéndole así en un eunuco, un castrato, y si sobrevivía a semejante tratamiento, algo que no siempre ocurría, se le formaba para ser cantante. Bastantes de ellos fueron famosos y se hicieron ricos, como el gran Farinelli.
Naturalmente, ahora es lo normal que todas estas obras compuestas originalmente para castrati sean interpretadas por mujeres: ya no hace falta castrar a nadie para que cante con voz aguda, gracias a dios, las mujeres pueden hacerlo maravillosamente sin ayuda. Y claro, la gran mayoría de versiones que pueden encontrarse de estas obras del barroco, y del Stabat Mater de Pergolesi en concreto, no son interpretadas por castrati (que parece que, afortunadamente, ya no quedan… que se sepa), sino por una soprano (mujer) y una mezzosoprano o contralto (mujer).
Pero hay más: esta obra fue compuesta inicialmente para un reducido número de intérpretes, pues debía ejecutarse en una capilla concreta, la del Duque de Maddaloni, de una iglesia napolitana, la de Santa Maria dei Sette Dolori, donde debían congregarse los caballeros de la Cofradía y además los músicos, y por muy grande que fuera la capilla, que no debía serlo, no cabría allí una orquesta entera además de los asistentes al acto. Sin embargo, a lo largo del tiempo la obra ha sido adaptada una y otra vez para ser ejecutada con todo tipo de variaciones en la composición orquestal: orquesta de cuerda, orquesta completa con decenas de instrumentos, con o sin coro de niños o de adultos, etc, etc.
Encontraréis versiones extraordinarias con estas disposiciones tan “lujosas”, sin duda, pero hoy vamos a recrearnos con una maravillosa grabación historicista realizada con instrumentos originales y con la plantilla instrumental original en 1983 para el sello Harmonía Mundi: la de René Jacobs, reputado contratenor holandés, en la voz de alto y también como director, con Sebastián Hennig, un niño cantor, como soprano, y un reducidísimo plantel orquestal: Dos violines (Dirk Vermeulen y Staas Swierstra), viola (Ruth Hesseling), y continuo: violonchelo (Richte van der Meer), violón (versión antigua del contrabajo, ejecutado por Anthony Woodrow) y órgano positivo (Johan Huys). Y yastá. Ocho intérpretes, ocho, es todo lo que se necesita para realizar esta maravilla.
Pergolesi divide su Stabat Mater en doce números cuyos nombres son, como es habitual en el Barroco, el primer verso con que comienzan; hay números de tan solo tres versos y otros con 15 versos. El texto original del Stabat Mater consta de diez estrofas de seis versos cada una, cuyos versos riman en la forma AACBBC; sin embargo Pergolesi se toma la libertad de no tomar los sextetos completos, sino que toma los versos siempre de tres en tres como le es más útil para sus intereses compositivos.
Dicen los que saben mucho más que yo que en los doce números hay algunos de ellos absolutamente innovadores, como el dueto “Inflamatus et accensus”, cuya viveza y alegría quedarían bien incluso en una ópera bufa como “La Serva Padrona”, o también el magnífico dueto “Sancta Mater, istud agas”, pero también hay otros números que suenan arcaicos, en la mejor tradición de música eclesial, como en el dueto “Fac, ut ardeat cor deum”. No sé. A mí me parecen todos magníficos… pero no me hagáis caso, que soy un ignorante.
Lo que sí es cierto es que las reacciones de la comunidad musical tras el estreno (necesariamente póstumo, pues Pergolesi falleció antes de la Semana Santa del año que lo compuso) fueron divididas. Hubo quien tuvo una reacción entusiasta ante los nuevos elementos utilizados, pero hubo quien hizo acerbas críticas, como la de un tal J.G. Sulzer, que dijo que “le entraba una tiritona” al escuchar semejante música;[6] los alemanes en particular, siempre tan estrictos en su interpretación religiosa, criticaron que “se llevaran adornos innecesarios al templo”, según palabras de E.T.A. Hoffmann… sinceramente no me extraña nada: por aquellas mismas fechas, año arriba, año abajo, la ultraluterana comunidad de Leipzig se quejaba amargamente de eso mismo, de una innecesaria y frívola “italianidad” ante nada menos que la Pasión según San Juan, del gran Bach…
Dije antes que lo raro era encontrar una versión como ésta de hoy, historicista en tal grado que la cantan dos voces masculinas, tal como fue ideada por el autor. Lo normal es encontrar esta obra cantada por dos mujeres, y dije también que aunque el autor no había incluido coros, había múltiples versiones con ellas. 






jueves, 25 de septiembre de 2014

Frente al mar de Alfonsina Storni



Oh mar, enorme mar, corazón fiero
de ritmo desigual, corazón malo,
yo soy más blanda que ese pobre palo
que se pudre en tus ondas prisionero.

Oh mar, dame tu cólera tremenda,
yo me pasé la vida perdonando,
porque entendía, mar, yo me fui dando:
"Piedad, piedad para el que más ofenda".

Vulgaridad, vulgaridad me acosa.
Ah, me han comprado la ciudad y el hombre.
Hazme tener tu cólera sin nombre:
Ya me fatiga esta misión de rosa.

¿Ves al vulgar? Ese vulgar me apena,
me falta el aire y donde falta quedo,
quisiera no entender, pero no puedo:
es la vulgaridad que me envenena.

Me empobrecí porque entender abruma,
me empobrecí porque entender sofoca,
¡Bendecida la fuerza de la roca!
Yo tengo el corazón como la espuma.

Mar, yo soñaba ser como tú eres,
allá en las tardes que la vida mía
bajo las horas cálidas se abría...
Ah, yo soñaba ser como tú eres.

Mírame aquí, pequeña, miserable,
todo dolor me vence, todo sueño;
mar, dame, dame el inefable empeño
de tornarme soberbia, inalcanzable.

Dame tu sal, tu yodo, tu fiereza,
¡Aire de mar!... ¡Oh tempestad, oh enojo!
Desdichada de mí, soy un abrojo,
y muero, mar, sucumbo en mi pobreza.

Y el alma mía es como el mar, es eso,
Ah, la ciudad la pudre y equivoca
pequeña vida que dolor provoca,
¡Que pueda libertarme de su peso!

Vuele mi empeño, mi esperanza vuele...
La vida mía debió ser horrible,
debió ser una arteria incontenible
y apenas es cicatriz que siempre duele.