1915 - El jardín de un monasterio
1920 - En un mercado persa
1924 - Santuario del corazón
1931 - En la tierra mística de Egipto
1935 - With Honour Crowned
Otras Obras:
La melodía del fantasma (pieza orquestal-1912)
En el jardín de un templo chino (pieza orquestal-1925)
Biografía:
Compositor inglés nacido en Birmingham. A los 11 años, escribió una sonata para piano, que interpretó en Worcester en presencia de Edward Elgar (por aquel entonces profesor de música en esa ciudad). Después de un tiempo en el Milland Institute School of Music y en el Fitzroy College de Londres, obtuvo una beca para estudiar en el Trinity College of Music de esta ciudad. También fue nombrado organista de la Iglesia de St. John de Wimblendon. Cuando concluyó sus estudios se sumergió de lleno en el mundo de los teatros londinenses de la última época victoriana como director del Vaudeville Theatre. Ketèlbey se distinguió en numerosos campos, especialmente en composición.
Canciones con historia: Karma Chameleon - Culture Club
“Karma Chameleon” constituye una de las canciones más destacadas de Boy George y su agrupación Culture Club, que fue lanzada en 1983. Forma parte de su segundo álbum de estudio Colour by Numbers. La canción obtuvo el Brit Award, en la categoría "Mejor Sencillo Británico" en el año 1984.
Video musical
El video fue dirigido por Peter Sinclair y filmado en Desborough Island, Weybridge durante el verano de 19831 En este video, Boy George utiliza un conjunto parecido a un vestido de mujer, todo tipo de accesorios entre ellos trenzas y maquillaje y está ambientado en Mississippi, en el año 1870. El grupo se encuentra cantando sobre una especie de barco a vapor, dando una sensación de serenidad, que conlleva consigo la canción. La canción, debido a su ritmo contagioso, ha sido utilizada para muchos anuncios en el canal televisivo VH1 y también para eventos y películas.
Wikipedia
Por qué cantamos - Mario Benedetti
Si cada hora viene con su muerte si el tiempo es una cueva de ladrones los aires ya no son los buenos aires la vida es nada más que un blanco móvil
usted preguntará por qué cantamos
si nuestros bravos quedan sin abrazola patria se nos muere de tristeza
y el corazón del hombre se hace añicos antes aún que explote la vergüenza
usted preguntará por qué cantamos
si estamos lejos como un horizonte si allá quedaron árboles y cielo si cada noche es siempre alguna ausencia y cada despertar un desencuentro
usted preguntará por que cantamos
cantamos por qué el río está sonando y cuando suena el río / suena el río cantamos porque el cruel no tiene nombre y en cambio tiene nombre su destino
cantamos por el niño y porque todo
y porque algún futuro y porque el pueblo
cantamos porque los sobrevivientes y nuestros muertos quieren que cantemos
cantamos porque el grito no es bastante y no es bastante el llanto ni la bronca cantamos porque creemos en la gente y porque venceremos la derrota
cantamos porque el sol nos reconoce y porque el campo huele a primavera y porque en este tallo en aquel fruto cada pregunta tiene su respuesta
cantamos porque llueve sobre el surco y somos militantes de la vida y porque no podemos ni queremos dejar que la canción se haga ceniza.
Hay un fuego comenzando a arder en mi corazón
alcanzando tono febril,
me está sacando de la oscuridad.
Por fin te puedo ver tan claro como el cristal,
ve y agótame y soportaré toda tu mierda.
Mira como dejo a cada parte de ti,
no subestimes las cosas que haré.
Hay un fuego comenzando a arder en mi corazón
alcanzando tono febril,
me está sacando de la oscuridad.
Las marcas de tu amor me recuerdan a nosotros,
continuan recordandome que casi lo teniamos todo, no puedo evitar sentir que
lo podriamos haber tenido todo,
girando en lo más hondo,
tenias mi alma en tus manos,
y lo jugaste
al extremo.
Cariño, no tengo ninguna historia para ser contada, pero he oído una tuya,
y voy a hacer que tu cabeza arda.
Piensa en mí en las profundidades de tu desesperación, haciendo una casa allá abajo,
te recuerda a la casa que compartimos.
Las marcas de tu amor me recuerdan a nosotros,
continuan recordandome que casi lo teniamos todo, no puedo evitar sentir que
lo podriamos haber tenido todo,
girando en lo más hondo,
tenias mi alma en tus manos,
y lo jugaste
al extremo.
Lanza tu alma a través de cada puerta abierta
cuenta tus bendiciones para encontrar lo que buscas. Cambié mi pena en un preciado oro,
Me pagas a cambio con especies y recoges lo que sembraste.
Lo podriamos haber tenido todo,
Lo podriamos haber tenido todo,
Todo, todo, todo,
Lo podriamos haber tenido todo,
girando en lo más hondo,
tenias mi alma en tus manos,
y lo jugaste
al extremo.
Egipto: El Imperio Nuevo: XIX DINASTÍA (1295 - 1186 a. C.)
Los Ramesidas: reyes guerreros; reyes constructores
La falta de descendencia de Dyeserjeperura-Horemhab* le obligó, ya en los últimos años de su reinado, a asociar al trono a un militar de sangre no real, Paramessu, quien acabaría siendo su sucesor e iniciar una nueva dinastía. Pero a los 2 años de ascender al trono, Ramsés* (I), que así se hizo llamar el nuevo rey, desaparece, y es su hijo, el que ya fuera militar y gobernador de la ciudad fronteriza de Tjaru, el príncipeSethy*, quien haciéndose con el trono se vé obligado a mantener la influencia egipcia en Asia ante los importantes cambios geopolíticos que se sucedían, especialmente producto de la intervención del poder hitita en los reinos de la zona. En tales circunstancias, Menmaatra-Sethy* (I), ya en su primer año de reinado, envió a su ejército a sofocar una rebelión del rey de Hammath que acabó con su captura y toma de la capital, así como las de Beth-Shean y Yenoam, para en probablemente una segunda campaña alcanzar Tiro, Sidón, Biblos y Sumur, y parece entrar ya en combate con algunas tropas hititas asentadas en la región desde tiempos de Ajenatón*. También, y por la mención que de ella se hace en el Templo de Amón en Karnak, inició una campaña militar contra los pueblos libios que prácticamente todos sus sucesores ramesidas habrían de continuar. Pero sería en el año 5 ó 6 de su reinado cuando, Menmaatra-Sethy* (I), tuvo ocasión de entrar en directa confrontación con las tropas hititas. Fue en la ciudad de Qadesh, y a juzgar por una estela que se halló en el lugar, la victoria se fue del lado egipcio aunque no tardase en caer nuevamente en manos hititas tras lo que parece un tratado de paz entre ambos pueblos.
En lo que al interior del país se refiere, Menmaatra-Sethy* (I), reforzó extraordinariamente el papel del ejército, sustento base para todo el periodo ramesida, y preveendo la amenaza que le podrían representar los sacerdotes de Amón en Tebas, estableció una política de dispersión de los hijos de éstos a otros lugares de Egipto a la vez que potenciaba otros cultos.
Fue un gran constructor. Continuó la política de restauración de los templos dañados durante el periodo amarniense, así como amplió el Templo de Amón en Tebas, e inició la construcción de un gran templo dedicado a Osiris, aunque también a Amón, Isis, Horus, Ra-Horajti y Ptah en Abido, conocido como "Osireión", con el que pretendió la legitimización de la que carecía inscribiéndose como sucesor directo de los grandes reyes que le precedieron en la llamada "Lista Real de Abido" no sin antes eliminar todo rastro de los "herejes" reyes amárnicos. A él también se le debe la reconstrucción y ampliación de la antigua capital hicsa, Avaris, en el Delta Oriental, lugar en el que construiría un palacio lo cual le aseguraría una más rápida intervención en el área asiática que de hacerlo desde Menfis o Tebas.
Cuando en el año 27 muere Menmaatra-Sethy* (I), y su cuerpo sepultado en su imponente tumba del Valle de los Reyes, es su hijo de apenas 20 años quien le sucede tras abandonar su puesto de jefe de la armada egipcia. En sus primeros años de gobierno la actividad de Usermaatra-Setepenra-Ramsés* (II) se centró en proseguir la actividad constructora de su padre. Así, fue durante esos primeros años cuando se finalizó las obras que emprendiera su padre en el Osireión, Gurna y Karnak.
Pero las circunstancias que se sucedían en Asia, en dónde su rival, el rey hitita Muwatalli levantaba en armas una gran alianza contra Egipto, pronto hicieron que sus prioridades fueran otras, y si bien fue en el 4º año de su reinado cuando el otrora aliado egipcio, el influyente rey de Amurru, Benteshina, se levanta contra el rey egipcio, habría de ser en el 5º cuando tendría lugar la gran batalla entre egipcios e hititas.
Según nos narran ciertos textos de los templos de Abido, Karnak, Luxor, Ramesseum y Abu-Simbel, así como en el llamado "Poema de Pentaur", la victoria egipcia en, una vez más ciudad de Qadesh, no lo fue tanto, pues tras finalizar la contienda esos actos de agresión perduraron hasta al menos el año 10 del reinado de Usermaatra-Setepenra-Ramsés* (II), en un momento próximo a la muerte de Muwatalli. A ese rey hitita le sucedería su hijo Mursil (III), durante el cual parece no se produjeron agresiones, hasta que bajo el reinado de su tío Hatusil (III), su sucesor, se firmó un tratado de paz entre ambos reinos con la divisa de "Paz y Fraternidad" con el que se comprometían a no iniciar conflicto alguno, a establecer una alianza ante agresiones extranjeras, o a permitir la extradición de quiénes se refugiasen en el país contrario. Eso sucedía en el año 21 del reinado de Ramsés* (II), para en el 34 establecer fuertes vínculos familiares tras casarse el rey egipcio con la hija mayor de Hatusil (III), la princesa hitita Naptera (Maathorneferura). Las razones de esa paz nos son desconocidas, más se ha propuesto que bien pudieron ser debidas a la necesidad que tuvieron los hititas de establecer una amistad con los egipcios ante la amenaza que representaba para ellos el poder de asirio, y aún los "Pueblos del Mar", por entonces en franca expansión, e incluso su posible debilidad frente a la sequía que tanto afectaba a sus cosechas. Y por el lado egipcio, la posible enfermedad del monarca, ya por entonces de edad avanzada, quien podía padecer una "espondilitis anquilosante" (una grave enfermedad reumática) que le impediría tomar parte activa en sus ejércitos.
En su interés por controlar Nubia, también Ramsés* (II), y ya en su 8º año de reinado, hizo frente a una rebelión de Irem, y seguramente ese mismo interés fue el que también le motivó a construir o mejorar en sus fronteras, templos y fortalezas como ningún otro en la zona: Beit el-Wali, Abu-Simbel, Gerf Husein, Wadi es-Sebua, Derr, Aksha, Amara, Aniba, Faras, Buhen, o Gebel Barkal. Unas construcciones fronterizas que le permitían controlar de una manera más efectiva la región, y sus recursos. De hecho, nombró diferentes virreyes en la región para mantener el orden, velar por las construcciones reales, y administrar su territorio. Pero en lo que parece por unas duras condiciones climáticas, Nubia fue progresivamente abandonada al final de su reinado. Tampoco parece que las tierras líbias escaparan a su control; de hecho, también se preocupó de proteger la frontera occidental de incursiones meshuesh y de libu con varias fortalezas, así envió expediciones militares a las ciudades libias de Satuna, y Mutir.
Esa intensa actividad constructora también estuvo presente en todo el país. El templo funerario del Rameseo, un templo al lado del su padre en Abido, Karnak, Filas, Elefantina, Edfu, Ajmin, Matmar, Hermópolis Magna, Antinoópolis, Heracleópolis, Bubastis, Atribis, Tell el-Retaba, Menfis, Heliópolis, Pi-Ramsés o Tanis, fueron algunos de ellos, amén de otro buen número de representaciones personales en estatuas, estelas y otros restos que han hecho que este personaje sea considerado uno de los mayores constructores del antiguo Egipto, y por tal razón, difundida la teoría de su egolatrismo. Tan importante actividad, prolondada además durante tan largo tiempo al morir octogenario, hizo que se intensificara aún más la labor burocrática, de tal manera, que es de su reinado del que más y mejor se conserva su aparato administrativo entre el que se hallaría un buen número de extranjeros. Pero su longevidad, no en vano llegó a vivir más de 80 años, su numerosa prole (se le conocen cerca de 100 hijos), la formación de numerosos cargos hereditarios que posiblemente contribuyeron a agravar las cargas fiscales, la cesión al sacerdocio de Amón de numerosas tierras, o la importante autonomía que concedió al Virrey de Kush, Setau, hacen pensar que al final de sus días escapase a su control el gobierno, para pasar a ser un dios viviente, pero políticamente olvidado.
Ramsés* (II), que por su avanzada edad había visto desaparecer a su amada esposa Nefertari Meritenmut, y a un buen número de hijos, murió probablemente en la ciudad de Pi-Ramsés, y su cuerpo conducido a la monumental tumba que se había hecho construir en la necrópolis tebana del Valle de los Reyes. Con su muerte desaparecía una de las más importantes, aunque también más controvertidas figuras de la historia egipcia. Pero si bien por un lado dió muestras de gran estadista, no es menos cierto que su política, acrecentada por lo prolongado de su reinado, contribuyó de manera decisiva a la debilitación del país. Sea como fuere, su memoria perduró en en la de sus sucesores durante varias generaciones.
Al final de sus días, el mayor de sus hijos vivos, el decimotercero, el que hasta entonces ocupaba un discreto puesto de "Escriba Real" pasó a ser nombrado"General en Jefe", y a su muerte, heredero al trono de Egipto. En aquél momento Baenra-Merenptah*contaba con no menos de 60 años, una avanzada edad para hacer frente a la compleja situación política por la que atravesaba el Oriente Próximo con el avance de los "Pueblos del Mar", que seguían desestabilizando todos los reinos vecinos. Ese estado crítico en los pueblos limítrofes acabó también afectando a sus fronteras S. y O..
Así se sumaron insurrecciones nubias y la de diferentes pueblos del occidente egipcio que le obligaron a concentrar más sus fuerzas en el aparato militar que en el administrativo con el que mejorar las difíciles condiciones del país que había heredado. Baenra-Merenptah* se inició tomando las ciudades y territorios de Ascalón, Gezer, Yanoam e Israel, a las que seguirían unas campañas, no suficientemente aclaradas, en el Desierto Occidental que castigasen las incursiones que sus pueblos llevaban a cabo en el flanco occidental egipcio. Todo ello, y a juzgar por las fuentes egipcias, acabó en una dura batalla en "Periru" (o "Piyer"), un lugar próximo al Delta. De igual manera dirigió sus tropas contra los "medjay"en el "País de Uauat", en Nubia, a quien parece infligió los más duros castigos que cita texto egipcio alguno en su historia. Es decir, a Merenptah* le tocó vivir un momento especialmente duro con los reinos vecinos lo que acabaría por afectar gravemente al suyo propio. De hecho, es durante su reinado cuando queda marcado el inicio del declive egipcio. Pero resulta curioso observar que su nombre quizás es más citado en los textos que el de su padre, y no por una determinada actividad social o artística, que apenas las tuvo, sino por su especial interés en sustituir los nombres de sus antecesores por el suyo propio con los que pretendía paliar sus carencias.
La desestabilización producida ya en el reinado de su padre, y acumulada durante el suyo, derivó tras su muerte en un periodo de desórdenes dinásticos que acabaron por afectar a la propia estabilidad del país. Su hijo Userjeperura-Sethy* (II) heredó el trono, pero a los 2 años de gobierno un poco conocido personaje, Amenmeses*, se rebeló contra el rey y usurpó el poder real. Se desconoce el origen de Menmira-Amenmeses*, aunque es probable que fuera uno de los hijos de Sethy* (II) y la reina Tajat, ni tampoco se saben las razones por las cuáles quien fuera virrey del Kush, quizás con el nombre de Messuy, se alzase contra su padre (?), aunque no cabe duda que tuvo que estar sustentado en un probable malestar social, no en vano se tienen noticias de graves escándalos jurídicos, pues de otro modo hubiera resultado impensable. En cualquier caso fueron años de silencios en los que no se sabe del destino de Sethy* (II) durante los 3 años y 8 meses de reinado de su "usurpador", pasados los cuales volvió a reaparecer aun sin descartar la posibilidad de que en ese intérvalo de tiempo estuviera replegado en el N. de Egipto; quizás en la ciudad de Pi-Ramsés. De nuevo en el trono, Userjeperura-Sethy* (II), se dedicó a borrar la memoria de su antecesor aunque fuera durante un muy breve periodo de tiempo, pues poco después desapareció.
En ese contexto, una nueva incógnita política se vino a sumar a las ya múltiples existentes. El sucesor de Userjeperura-Sethy* (II), un muy joven príncipe (unos 10 años), y también poco conocido Ajenra-Siptah*, cuya legitimidad se desconoce pues no parece probable que fuera hijo suyo, sino por las alusiones que han llegado de su canciller Bay, quien se califica así mismo como "el que estableció al rey en el trono de su padre" hacen pensar en que tras algún conflicto interno el trono volvió a pasar al heredero legítimo del "usurpador" Amenmeses* tras la marcha de Sethy* (II). Al ocupar el trono siendo menor de edad y con una grave secuela de poliomielitis (tenía una malformación en un pie), se piensa que pudo actuar de corregente la mujer de Sethy* (II), la reina Tausert*, pero resulta curioso observar que mientras los escasos textos que se conservan de él se hallan en Nubia, que es dónde probablemente gobernara quien fuera su padre, los de Tausert se localizan al N. de Tebas. Es decir, que juzgando únicamente lo hallado hasta el momento pareciera como si el país hubiera sido dividido en dos. También resulta revelador que en los documentos de esta reina únicamente aparezcan las diosas Bastet y Neit, ambas originarias del Delta, y nunca a Osiris.
A los siete años de su entronización, Ajenra-Siptah* muere sin herederos, y por unas razones desconocidas que provocaron lo que parecen ciertas revueltas institucionales, es la reina Tausert* quien se hace con el trono. Se desconocen las causas de la muerte de tan joven rey, y también, la que condujo a Tausert * a ceñir la corona (ella decía que había sido un favor del dios Ra), más dedicándose a borrar sistemáticamente la memoria de su antecesor, y vinculando el suyo directamente al de su esposo, el rey Userjeperura-Sethy* (II), se explicaría una clara animadversión de esta reina hacia quien probablemente no considerase sino un usurpador. Así, en la gran tumba que se construyera ya en tiempos de su esposo en el Valle de los Reyes (una de las pocas reinas que lo hicieron), fue sustituído el nombre de Ajenra-Siptah* por el de Userjeperura-Sethy* (II). De la "Amada de Hathor", como así se hizo llamar Sitra-Tausert*, se han hallado objetos en diferentes puntos de Palestina, y el Sinaí, lo que hace pensar que durante su reinado se mantuvieron relaciones con sus vecinos asiáticos. Su nombre también aparece en Abido, Heliópolis, Hermópolis, Menfis, y Qantir, en dónde quiso construir su "Templo de Millones de Años". También nos es conocida Sitra-Tausert* por una serie de recipientes de oro y plata que fueron hallados en 1906 con su nombre en Bubastis. Tras un breve periodo en el que aún sin contar con las evidencias podría haber ocupado un importante cargo el viejo canciller Bay, quien también se construyera una tumba en el Valle de los Reyes, Sitra-Tausert* muere y parece se pone fin al oscuro conflicto dinástico que había permanecido latente durante todo su reinado, cuando un personaje desconocido, aunque seguramente emparentado con Ramsés* (II) (quizás nieto), paso a ser su rival, para a su muerte, sucederle. Userjaura-Sethnajt* inició una campaña de destrucción de su memoria, eliminó su nombre allí dónde lo hubiere, y usurpó su tumba en el Valle de los Reyes. Con ella finalizaba la XIX dinastía.
Muchos pueblos de la antigüedad tuvieron
defensores caritativos que ayudaban a las personas menos favorecidas
impartiendo justicia en las plazas públicas de Babilonia, Egipto y Judea.
En la mayor parte de los casos, aconsejaban a la
gente y resolvían sus conflictos empleando fórmulas tradicionales, basadas,
casi siempre, en elementos religiosos. Por ese motivo, algunos textos sagrados
como la Misná judía o el Antiguo Testamento cristiano dieron muestras muy
precisas sobre cómo se debían ejercer estas funciones; por ejemplo, en las
Leyes de la Alianza (Exodo 23, 1-19): “No falsearás el derecho del pobre en sus
causas. Guárdate de toda mentira y no hagas morir al inocente y al justo (...).
No aceptarás regalos, porque el regalo ciega incluso a los que tienen la vista
clara y pervierte las palabras de los justos”; o en el Libro de Isaías (1,17):
“Aprended a hacer el bien, perseguid la justicia, socorred al oprimido, haced
justicia al huérfano y defended a la viuda”.
Atenas.
Sin embargo, fue en Grecia donde la abogacía
alcanzó su verdadera entidad y el status de profesión cuando los sofistas
distinguieron entre las leyes de la naturaleza (physis) y las que regulaban las
relaciones entre los hombres (nomoi). Esa ruptura entre normas naturales y
convencionales hizo necesaria la aparición de los primeros abogados.
Los griegos celebraban los juicios al aire
libre, en la colina de Marte, por que pensaban que no se podía impartir
justicia si el juez y el acusado permanecían bajo el mismo techo. Fue en
aquellas sesiones cuando los ciudadanos empezaron a resolver sus diferencias en
el Areópago acompañados de un experto en oratoria que se encargaba de convencer
al juez de su inocencia. A cambio, los oradores solían conseguir algún favor
político hasta que uno de ellos, Antisoaes, puso precio a la asistencia
jurídica y cobró, por primera vez, en efectivo. Lógicamente, la costumbre se
extendió al resto de los abogados y, desde entonces, el cobro de honorarios se
convirtió en una práctica habitual.
Como ejemplo de la importancia que adquirió este
oficio, en Atenas se estableció la primera escuela forense y dos de los
estadistas más renombrados de la Grecia clásica también destacaron en este
ámbito: Solón, que redactó en el siglo VI a.C. la primera reglamentación de
este oficio, aunando aspectos tanto jurídicos como religiosos en un solo
Código, y Pericles, al que se considera, unánimemente, como el primer abogado
profesional de la Historia.
Otros políticos y filósofos de la época
ejercieron con éxito esta profesión: Gorgias (“Nada es ni cierto ni falso pero
se puede demostrar que lo es”); Demóstenes (“Las palabras que no van seguidas
de los hechos no sirven de nada”); Esquines, que criticó duramente el ánimo de
lucro de sus colegas, y Protágoras, causante de un debate tan controvertido que
ha llegado a nuestros días aún sin resolver:
Se dice que en el siglo V a. C, Protágoras daba
clases de retórica a Euathlos, un joven que quería ser abogado. A cambio de sus
lecciones, el alumno se comprometió a pagarle las clases con los honorarios que
recibiera cuando ganara su primer juicio; sin embargo, fue pasando el tiempo y
como Euathlos no llegaba a ejercer, Protágoras decidió demandarlo no sólo para
cobrar su sueldo sino también para mantener a salvo su reputación en Atenas.
El planteamiento del maestro fue muy sencillo:
si ganaba el juicio, Euathlos tendría que abonarle las clases de retórica por
que le obligaría la sentencia y si, en caso contrario, perdía, eso querría
decir que el alumno habría ganado su primer juicio y que, por lo tanto, debería
saldar su deuda con él. En cualquier caso, ganaba.
Pero el alumno debió aprender muy bien aquellas
lecciones que aún tenía sin pagar y preparó una magnífica defensa: si perdía el
juicio, no tendría que dar nada a su maestro por que no habría ganado su primer
pleito y si, por el contrario, ganaba el caso, tampoco debería abonar las
clases porque eso querría decir que el tribunal le habría dado la razón a él y
que la sentencia reconocería su planteamiento. En cualquiera de los casos,
ganaba.
¿La solución?
El rompecabezas sobre cuál de los dos abogados
tenía razón continúa abierto, hoy en día, con filósofos y juristas que
defienden a uno y a otro. Al final, una frase de Protágoras resume
perfectamente el sentir de este debate: “un abogado puede convertir en sólidos
y fuertes los argumentos más débiles”.
Roma.
En los primeros siglos de nuestra era, los
“advocati” estudiaban Derecho en escuelas como la Sabiniana y la Proculeyana,
donde destacó el maestro Gayo, un jurista desafortunadamente poco valorado, que
escribió las “Instituciones”, un manual didáctico para abogados principiantes
que tuvo una gran repercusión, sobre todo en Bizancio. Otros jurisconsultos de
la época como Pomponio, Paulo, Modestino o Ulpiano también escribieron
colecciones de casos prácticos (responsa, questiones y digestas) que sirvieron
de gran ayuda a los primeros “advocati”, de donde procede, etimológicamente,
nuestra denominación actual.
Con el paso del tiempo, la profesión de abogado
consiguió lograr una gran especialización de forma que, en la época de
Justiniano, el Digesto ya exigía estudiar durante cinco años y aprobar un
examen final, oral, para poder ejercer como abogado. Si el alumno superaba esta
prueba, inscribía su nombre en una tablilla y entraba a formar parte del Orto o
Collegium Togatorum, una corporación similar a nuestros actuales Colegios.
Entonces se permitía que el nuevo letrado, vestido con la tradicional toga
blanca, acudiera al mismo Foro donde habían brillado “togati” como Plinio,
Craso, Hortensio o, el más famoso de todos, Cicerón: un abogado del que se
cuenta que logró hacerse con una gran fortuna convenciendo a sus clientes de
que lo incluyeran en sus testamentos.
Durante la República, el ejercicio de la
asistencia jurídica había sido gratuito pero, como sucedió en Grecia, en poco
tiempo se generalizó la entrega de regalos en especie, los “honorarii”, que
aunque fueron prohibidos por la “Lex Cincia de Donis et Muneribus” en el año
204 a. C., en la práctica, continuaron abonándose hasta que el emperador Claudio,
en el siglo I, los restableció definitivamente.
En cuanto a las mujeres, ejercieron este oficio
hasta que se produjo un hecho casi anecdótico que les impidió dedicarse a esta
profesión: durante la celebración de un juicio, una abogada llamada Caya Afrania
molestó al Pretor con sus encendidos alegatos de tal forma que un edicto del
Senado prohibió el ejercicio de esta profesión a todas las abogadas romanas.
La Edad Media.
Con la caída del Imperio Romano, la península
ibérica se rigió por el Liber Iudiciorum o Fuero Juzgo, un cuerpo de leyes
común para visigodos e hispano-romanos que citaba expresamente a los que
denominó voceros, personeros o defensores, por ejemplo, en la Ley Novena donde
reguló que “el pobre que litigase con un rico pudiese nombrar un defensor tan
poderoso como éste”.
Tras la invasión musulmana, algunos textos de la
Corona de Castilla, como el Fuero Viejo o el Fuero Real, volvieron a mencionar
las funciones de aquellos voceros. En la segunda norma, el Título IX,
estableció que “Si alguno fuere vocero de otro en algun pleito, non pueda dalli
adelante seer vocero de la otra parte” indicando, a continuación, qué personas
no podían ejercer esta profesión “(...) ningún herege, nin judio, nin moro, non
sea vocero por cristiano contra cristiano, nin ciego, nin siervo, nin
descomulgado, nin sordo, nin loco, nin ome que non haya hedat complida” y, como
nota curiosa, que “(...) todo ome que fuere vocero, razone el pleito estando en
pie”; sin embargo, fue Alfonso X el Sabio quien otorgó a la abogacía la
consideración de oficio público cuando estableció, en el Código de las Siete
Partidas, las condiciones que debían reunir los abogados, sus derechos, deberes
y honorarios:
“(...) Bozero es onbre que razona pleito de otro
en iuyzio, o el suyo mismo en demandado y en respondiendo. (...) Todo onbre que
fuere sabidor de derecho o el fuero o la costumbre de la tierra por que lo aya
usado de grande tiempo puede ser abogado”.
En la Corona de Aragón, las Cortes de Huesca
aprobaron en 1247 el fuero “De advocatis” afirmando el principio de libre
designación de abogado y, poco tiempo después, el “Vidal Mayor”, obra del
obispo Vidal de Canellas, describió cuáles eran los deberes de los abogados y
la condena que se les impondría si, por ejemplo, prevaricaban.
En cuanto a las escuelas jurídicas, mientras los
musulmanes de Al-Andalus centraban sus conocimientos en el álgebra, la química
o la medicina; en los reinos cristianos del norte, los monasterios impartían
clases en latín de teología, gramática, retórica y dialéctica, entre otras
asignaturas.
Fue a partir del siglo X cuando algunos
monasterios como Albelda, Ripoll, Silos o La Cogolla comenzaron a dar lecciones
de “leyes” y “decretos” utilizando el método escolástico. A finales del siglo
XII, el desarrollo de aquellas “schollas” dio lugar al nacimiento de los
“studium” (universidades) de París, Salerno, Montpellier y, sobre todo, por lo
que respecta al ámbito jurídico, de Bolonia, donde se formó nuestro patrón, san
Raimundo de Peñafort, y donde surgió una escuela que fue capaz de reunir en una
sola obra, el Corpus Iuris Civilis, la legislación de Justiniano, anotada con
glosas o comentarios, formando una recopilación que ejercería una gran
influencia en todo el Derecho europeo posterior.
En la península ibérica, mientras tanto,
Salamanca (creada en 1218) llegó a ser la Universidad más prestigiosa de la
época y su facultad de leyes, una de las más reconocidas de toda Europa, con
juristas de la talla de Francisco de Vitoria.
La Edad Moderna.
Bien entrado el siglo XV, el consejero de los
Reyes Católicos, Alonso Díaz de Montalvo, reglamentó minuciosamente la
abogacía, pero esta compilación y las Ordenanzas de Abogados de 1495
complicaron el ejercicio de esta profesión de tal manera que fue cayendo en un
continuo descrédito hasta el último cuarto del siglo XVI, cuando se
establecieron en España los Colegios de Abogados.
El primero fue el Real e Ilustre Colegio de
Abogados de Zaragoza que, además de ser el más antiguo, es el único que ostenta
el título de Real por concesión de Carlos III. Sus primeras ordenanzas datan
del 15 de mayo de
1578, aunque se tiene constancia de que ya existía en el siglo XIV
cuando unos infanzones de Bordón (Teruel) otorgaron un beneficio en favor del
mayordomo de la Cofradía de san Ivo, precedente histórico del actual Colegio
zaragozano, en su testamento. Esto ocurría el 10 de mayo de 1399 y es, por ahora, la
referencia más antigua de la que se tiene conocimiento.
Posteriormente se fundaron los Colegios de
Valladolid (1592), Madrid (1595) y, bien entrado el siglo XVIII, los de
Sevilla, Granada, Valencia, Córdoba y Málaga.
Retomando nuestro argumento, en 1534 las Cortes
de Madrid acordaron depurar los defectos que se habían apreciado en el
Ordenamiento de Montalvo, tomando la decisión de reunir, de nuevo, en un solo
volumen, todas las disposiciones que estaban vigentes por aquel entonces.
Treinta años más tarde, el proyecto culminó en la Nueva Recopilación de las
Leyes del Reino que, además de dedicarles treinta y cuatro leyes, estableció la
“escritura en la matrícula” (colegiación) de los abogados; una regulación que
se mantendría sin apenas novedades hasta el siglo XIX.
La Edad Contempóranea.
Acabada la guerra de la independencia, la
inestabilidad política de la época provocó una alternancia en el poder de
gobiernos liberales y absolutistas que, por sistema, derogaban la normativa
aprobada por los contrarios en cuanto accedían de nuevo al poder. Por ese
motivo, la libertad para ejercer la abogacía se aprobó y derogó, sucesivamente,
en tres ocasiones (1833, 1837 y 1841).
Al final, el triunfo de los de Fernando VII
reestableció la colegiación obligatoria y a partir de 1844 se convirtió en
requisito sine qua non para que los licenciados en Derecho pudieran ejercer. De
esta forma se reguló en los Estatutos aprobados en 1895 y en 1982 y continúa en
vigor, actualmente, en el artículo 11 del Real Decreto 658/2001, de 22 de
junio, por el que se aprobó el Estatuto General de la Abogacía Española: “Para
el ejercicio de la Abogacía es obligatoria la colegiación en un Colegio de
Abogados, salvo en los casos determinados expresamente por la Ley o por este
Estatuto General. Bastará la incorporación a un solo Colegio, que será el del
domicilio profesional único o principal, para ejercer en todo el territorio del
Estado”.
Esa misma norma, en el artículo 6, define a los
abogados como “el Licenciado en Derecho que ejerce profesionalmente la
dirección y defensa de las partes en toda clase de procesos, o el asesoramiento
y consejo jurídico”
Conclusión.
Actualmente, en España se puede estudiar Derecho
en 77 centros, públicos y privados.
Con la estadística en la mano, de cada 10
licenciados en Derecho, tan sólo 2 llegarán a colegiarse al finalizar la
carrera. Una cifra que, en principio, puede que no parezca excesiva pero que,
en realidad, se suma a los más de 100.000 abogados colegiados como ejercientes
y residentes en los 83 Colegios de Abogados españoles.
Es decir, si consiguiéramos sentarlos juntos a
todos en el estadio del Fútbol Club Barcelona, podríamos llenar de togas
prácticamente todas las gradas del Nou Camp.
Pero para que nos hagamos una idea de lo que
supone esta cifra, nada mejor que comparar ese dato con otra magnitud: con
40.000.000 de habitantes, en España tenemos un abogado por cada 400 ciudadanos,
mientras que sólo hay abierta una farmacia por cada 2.000; es decir, que
resulta más sencillo contratar a un abogado que comprar aspirinas.
Esto explicaría que a los españoles nos gusten
tanto los quebraderos de cabeza y que, por esa razón, nuestros juzgados estén
habitualmente colapsados con las denuncias entre vecinos por que las ramas de
sus árboles están dentro de la finca del otro, por que el extractor de humos de
la cafetería del bajo está manchando mi pared medianera o, el caso real, de aquellos
compostelanos que denunciaron a su párroco por que las campanas de la iglesia
repicaban demasiado alto por las mañanas.